Palomitas

Natalia Freire @ladeporteca

El tenis es un deporte que no aparece mucho en el cine como parte del argumento principal aunque sí que es utilizado en muchas escenas de manera puntual. Como en la escena final de Blow-Up (1966) de Michelangelo Antonioni o en esa divertida escena de El Otro Lado de la Cama (2002) de Emilio Martínez Lázaro en la que Ernesto Alterio y Willy Toledo se reparten raquetazos. En cualquier caso, el tenis debe tener algo especial si dos genios del séptimo arte como Alfred Hitchcock y Woody Allen lo utilizaron como tema de fondo en dos grandes películas. Hitchcock lo hizo en Extraños en un tren (1951) y Allen en Match Point (2005).

Extraños en un tren está basada en una novela de Patricia Highsmith. Cuando Hitchcock la leyó se hizo rápidamente con sus derechos cinematográficos porque en ella encontró argumentos suficientes para convertirla en una de sus mejores obras. 

Cuenta la historia de un famoso tenista interpretado por Farley Granger (Guy Haines) que viaja en tren y entabla conversación con otro pasajero encarnado por Robert Walker (Bruno Anthony). El desconocido sabe todo sobre la vida del tenista. En la era mediática esto resulta normal pero en 1951 esta circunstancia genera en un personaje  aparentemente poderoso que cuenta en la sociedad con respeto, fama y dinero, una sensación de vulnerabilidad frente al anónimo.

El pasajero sabe que el tenista tiene problemas en su matrimonio y que ama a otra mujer. Él a su vez le cuenta que odia a su padre. Entonces le propone un crimen perfecto que liberaría sus vidas: Él mataría a su mujer y el tenista a su padre. Nadie sospecharía nada porque nada les relaciona.

Ya no cuento más porque no quiero desvelar el final. Pero sí os recomiendo que la veáis porque es una obra maestra y, sin embargo, es de las menos conocidas de la cinematografía de Alfred Hitchcock.

Por su parte, Woody Allen convirtió a su personaje principal de Match Point, interpretado por Jonathan Rhys-Meyers, en profesor de tenis que utiliza el deporte como vehículo para entrar en el mundo que anhela. Aunque bien es cierto que el uso del tenis en esta película llega a alcanzar su momento más artístico de forma metafórica. Es en la escena en la que un anillo lanzado al río choca contra la barandilla y cae del lado del suelo en vez de al agua estableciendo un paralelismo entre la vida y el tenis puesto que una bola que cae a un lado u otro de la red determina que el punto sea ganador o no. 

Hitchcock y Allen utilizaron el tenis en sus películas porque es uno de los deportes más cinematográficos que existen. Al comienzo de cada partido se crea entre el público un clima similar al de los cines o de los teatros. Hay expectación, murmullos e ilusión por lo que se va a ver y justo antes de que empiece el primer set, es decir, la primera escena, se hace el silencio. Esto se repite en cada punto como si fueran escenas de un drama.

La similitud con el cine se acrecienta en las retransmisiones televisivas de los partidos. La cámara se acerca a los rostros de los jugadores con primeros planos. En sus caras podemos adivinar sus sensaciones, sus temores, si se sienten con fuerza para remontar o si cada vez están más perdidos. Y con los planos del público podemos conocer a esos secundarios de la historia, el entrenador, la madre, la novia o la panda de amiguetes que siempre acompaña al protagonista/tenista.

Es posible que Richard Locraine viera claro estos paralelismos entre la vida y el tenis o puede que sea aficionado al tenis en general y al torneo de Wimbledom en particular. El caso es que decidió dirigir la película Wimbledom (2004) y rodearse de un elenco lo suficientemente bueno para que defendiera dignamente tanto el guión como cada uno de los personajes.  

Vaya por delante que Wimbledom no es una obra maestra como las otras dos películas de las que hemos hablado pero sí cuenta con la maestría de los actores y actrices que consiguen hacernos pasar un rato muy entretenido. Paul Bettany interpreta a Peter Colt, un veterano tenista que está al borde de la retirada y que es invitado a participar en el torneo y Kirsten Dunst interpreta a Lizzie Bradbury, una tenista estadounidense que lucha por ser la número uno y que tiene un padre (Sam Neill) que la mide por su nivel competitivo. Además hay que destacar la aportación de Bernard Hill interpretando al padre de Peter Colt, un personaje desconcertante pero muy divertido.

Wimbledom está producida por Working Title Films y está en la línea de sus anteriores películas Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y El diario de Bridget Jones por tanto, estamos ante una película romántica y divertida.

En cuanto a la parte puramente deportiva, hay varios detalles importantes por destacar. Las escenas de los partidos están rodadas en las instalaciones del All England Club y para ello tuvieron que pedir permiso aunque se lo denegaron para entrar en los vestuarios de los socios al tratarse de un club privado. Aun así, las localizaciones reales dan credibilidad a las escenas.

Algo que también sucede con las apariciones de dos ganadores de Wimbledon, John Mcenroe y Chris Evert, que intervienen como comentaristas televisivos durante las escenas de los partidos.

Los actores fueron entrenados por el tenista australiano Pat Cash que también ganó Wimbledom en 1987. Su misión era que los tenistas se movieran como profesionales aunque las bolas que lanzaran no entraran en las líneas porque de eso ya se encargarían los informáticos. Lo sorprendente es que al concentrarse tanto en corregir la posición, las pelotas acabaron entrando en la pista.

 

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